Memorias

Huella y anonimato

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Foto: Carmen Guzmán 

Hay experiencias que siempre se quedan contigo. De hecho, todas.

Hace poco hablaba con una ex jefa. Una de las personas que en algún momento determinado me ayudó. Y aunque antes le tenía en un concepto de mujer insensible, hoy todo aquel pensar ha cambiado. Vaya que la percepción cambia con el tiempo!

Digamos que me tocó trabajar en una tienda de alquilar, diseñar y vender trajes u otros servicios referentes al desarrollo de las fiestas. Y en ese momento empecé a comprender mucho, más de lo que alguien puede imaginar.

Mi primera impresión: Aquel día, al llegar, pensé que podría ser más fácil. Recuerdo que siempre sonreía mucho, aunque eso no es raro en mi. Recuerdo, además, el estrés que representaba aquello. La mujer de ojos azules, el llanto de una niña en el teléfono, la presión en la mente de aquellas mujeres.

Hubieron tantas historias ahí que se podría escribir un libro sobre ellas. Por ejemplo, la chica de ojos claros tenía solo 19 años, un bebé que mantener y una mamá que no la quería en casa por haber salido embarazada; estaba muy flaca y venía casi todos los días a pie de su pequeño cuarto de alguiler, que no se encontraba nada cerca.

Por otro lado, la mujer ya madura contaba con una adicción al cigarrillo y al alcohol, así que no era raro verle pegada de la botella cada cierto tiempo libre; tenía un hijo, pero no la buscaba y se sentía triste de vez en mes a causa de eso.

De la otra cara de la moneda, la mujer un poco más joven que la anterior citada en este texto, tenía 4 hijos y una casa hipotecada, cuyas deudas llegaban al tope; su cara parecía un martillo en plena mañana, no dormía, ni sonreía, parecía venir de un constante entierro.

La otra, la de pelo oscuro estaba embarazada. No hacía otra cosa que hablar de sexo y tamaños, con razón tres hermosos retoños le hacían compañía. Por lo menos ella trataba de sonreír un poco, decía que los orgasmos le ayudaban; esa chica planchaba ropa como una máquina y no se quejaba.

La señora, esa mujer cuyo carácter era más fuerte que el de una pitón hambrienta, hechaba humo desde que se inauguraba la mañana. Yo no sabía mucho de ella, se cubría sus cicatrices tras sus glamurosos linajes. Pero se le veía tristeza en sus ojos, producto de la soledad. Lunas  después me enteré que sus hijos no le acompañaban y que había quedado sin esposo desde hace un buen tiempo. Así que no era extraño que la melancolía cubriera sus días y la depresión le visitará de vez en cuando.

Ella creaba corajes con todos. Conmigo sucedía algo especial, le enojaba mi risa y no le entendía, quizá por ser diferente. Decía, “Por lo menos di algo. Reacciona a mis quejas. Llora o patalea. Habla.” Todo esto mientras yo continuaba con mis episodios de humor, los cuales presentaba porque odio pelear. Por mi que ganen todos, aunque pierda yo o no sé. No son cosas importantes para mi. Son asuntos difíciles para un INFP,  a quienes nos encanta el drama pero en nuestras mentes imaginativas y libres.

El asunto de todo esto, es que yo aprendí muchísimo de esas historias. Uno aprende de todo. Cuando yo llegué a ese lugar, comparada con las demas, yo era el alma de la fiesta. A veces solían preguntarme cómo podía reír tanto y yo respondía que no quedaba de otra. Era la mejor forma de vivir, y lo sigue siendo. Soy la optimista.

Cada vez que veía a esas mujeres entendía un poco más de cerca las huellas que ciertos sucesos u oportunidades nos dejan sobre nuestras vidas. Nuestro carácter, formas de responder y todo lo que sale de nosotros, ha entrado ahí antes de. Así que esas mujeres estaban cargando con sus pesares, y no sólo los propios. También los de sus padres, abuelos y demás familiares. Cuando la vida golpea a tus abuelos, los mismos hieren a tus padres y tus progenitores traen todo esto hacia ti. Ellas se encontraban en una cadena. Entonces, su vida no sólo era una producto de sus acciones sino que además era consecuencia de los golpes de los demás y de sus flaquezas.

Cómo les explico, en República Dominicana y quizá en muchos países de América quien es muy pobre económicamente no tiene acceso a las mismas oportunidades, y de ser así la persona tiene que buscar algún trabajo para sobrevivir, aun sea éste el peor. Eso todos lo sabemos. Por tal razón, estas trabajadoras eran víctimas del sistema en el cual vivimos. Sé de eso porque día tras día lucho contra el. Yo vengo de una familia sumamente humilde, quienes han tenido que pelear duro por sus oportunidades.

Continuando con mi exposición, la jefa pertenecía a la otra cara de la moneda, la de los ricos. Así que no era raro que no entendiera la situación. Recuerdo que la última vez que visité aquel sitio fue después de un comentario que le hice. Fue muy fuerte, así que no lo repetiré. Horas después imaginé que eso no la haría cambiar de opinión y que su forma pedante, fuerte e insensible seguiría igual. Pensé que su disfraz era su método de protección, y quitárselo ameritaba mostrarse como una persona que siente, que comete errores y que puede ser herida por otros. Eso es lo que muchos no quieren, así que podría ser igual con ella.

Cuando llegué a mi casa recuerdo que pedí que el panorama cambiara. Pedí para que aquellas mujeres aprendieran a ser felices con lo que tienen, así sea eso visto como poco. Pedí para que la señora de elegante linaje y pelo corto, aprendiera sobre la empatía y dejará ver el arcoiris debajo de su nariz, un poco más. Pedí por mi y me dije, “si has cometido algún error o dijiste o juzgaste como no debías que la vida te lo muestre en el camino.” Pedí eso porque yo odio juzgar a los demás. Usualmente me crítico a mi, pero a los demás no. Así que de equivocarme en una crítica hacia otra persona, me dolería mucho. Me sentiría mal conmigo.

Bueno, el caso es que yo pensé que esas historias podrían continuar igual. No supe nada más de ellas hasta hace poco.

Hace dos meses me robaron una pc, y enfrente además unos problemas de acoso, con el que me encontré al presentar la denuncia. Es que hay tantas cosas que le pasan a una chica sola en la ciudad, me ven vulnerable y casi siempre invierto muchas fuerzas. Pero saben quién me ayudó? Quién estuvo ahí? Quién me prestó? Quién me llamó y riendo? La señora, a más de dos años después. Que hermosa e increíble es la vida! Que chiquito es el mundo! Que grande somos todas las personas! Que maravilloso es el corazón!

Cómo sucedió? Así por casualidad nos encontramos. Y sí, mucho ha cambiando. Sólo que si empiezo a contarles qué tanto, no termino hoy. Lo único que nos queda es el aprendizaje. Las personas no somos malas, es solo que a veces nos endurecemos a si mismas. Quizá como protección o como mecanismo de defensa. Lo importante es aprender a ver todo desde arriba, a no sólo juzgar a la gente por sus acciones o respuestas. Sino a mirar más allá, en su corazón y espíritu, pudiendo observar así lo que les provoca actuar de esa manera y ser como son. Así que, si podemos ayudar, ayúdemos y nunca creamos que sabemos más o que somos más. Eso nunca. Si hacemos todo eso, si miramos desde arriba actuaremos con más justicia y amor.

Les quiero, hasta una próxima entrega. Despido este post, agradecida con ellas. Quienes me permitieron contar sus historias, aunque sea en anonimato.
Gracias, Carmen

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6 comentarios en “Huella y anonimato”

  1. Es una gran historia y dice mucho de tu enorme generosidad, otros hubieramos aprovechado la ocasión para escribir un novela o una pieza de teatro, Tú en cambio nos has contado de la esperanza en la que envuelves cada jornada. Un beso.

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    1. Abrazos Carlos. Aún hay mucho de lo que contar. Yo pienso que lo que aprendemos toma fuerza y sentido cuando lo llevamos a otros. Besos. Gracias por leer el blog. 🙂

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