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El sentir de las mariposas

Mamá fue una doncella,
de esas que asean las casas,
y dejan todo reluciente,
justo en los momentos en los que estudiar no era tan importante,
y tomar un guante
parecía más fácil que aprender
a dibujar, escribir o leer;
quizá por eso no supo.

Papá fue un joven con diversos sueños;
quien en compañía del abuelo, amante a su cigarro y cachimbo,
y la abuela junto a sus 8 gatos,
logró ocupar su tiempo
en las matemáticas,
las artes y la electrónica.
Suspirando transistores,
bebiendo resistencias
y dominando televisores.

Ay mamá, ay papá,
tan dura fue la vida antes y después de mi?
Quizá fue más fuerte el suspiro que provoqué al nacer,
o el significado de las primeras flores,
que en honor al amor suspiraron
entre queja y placer,
ofreciendo aviso de que dos vivas almas
se encontrarían enlazadas a un mismo tronco
formando una misma llama.

Y es que quizás todo terminó y empezó,
cuando aquel técnico
de ojos marrones,
pelo liso y largas piernas,
de mamá se enamoró;
o cuando aquella dulce chica,
de ojos miel y hermosa melena
de un simple humano,
casi al instante se flechó.

La vida los educó.
Y quizá no en el seno de un hogar,
sino en el vivo andar.
En la palma de las tardes,
allá en los campos,
de sol a sol merodeando,
ganando aventuras en oriente,
sudando y luchando
contra las ideas convencionales,
los tributos y la gente.

Y es que mamá supo bien
lo que significaba ganar,
fregando de jiron a jiron la vida,
justo cuando era una niña,
justo antes de traernos al mundo,
a mi y a sus dos princesas,
así como si se tratase de un sueño
traído del viento en plena primavera.

Bendita la hora en que mamá vio a papá
en las cuatro paredes de un club practicando teatro,
y en sus ojos remaron las aletas del hechizo,
de cuando dos corazones envuelven su cariño y se profesan amor,
aunque sea por un día,
aunque sea menor,
aunque no tengan reloj,
aunque acabase mañana.

Bendito ese día
porque gracias a el nació
la dulce ficción vertida
en tres hermosas águilas
perfumadas entre la suerte
de la selva siempre virgen,
florecida entre el discreto perfume de una ave dulce.

Y es que ayer papá fue el libre artista,
obsesionado con los chasis y el transistor;
y mamá la dulce y tibia joven
que de él se enamoró,
desde el primer instante en el que su estómago mariposas llovió…

Pero hoy,
papá es la esperanza que yace en el suelo,
y mamá es sólo la sombra de cuyo velo atropellado,
sólo queda el desconsuelo;
y su amor,
ese que les trajo a la vida,
es hoy un mar de cenizas,
una cobra destruyendo con esfuerzo y osadía,
una tiniebla haciendo un tormento,
un sentir adolorido en el pecho,
un rumor sembrando mentiras.

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13 comentarios en “El sentir de las mariposas”

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